Un café, una caja de cigarillos vacia y unos lentes que no la dejan cantar .



El día era perfecto. Había sol, pero no tanto como para que le moleste a su estado resacoso, una escoria del día anterior. Ella habría preferido no salir, pero venia postergando el encuentro hace semanas, y además no estaba tan quebrada. Mientras miraba por la ventana de ese viejo colectivo atestado de un grupo de intentos de ser humano, que desconfiaba hasta de su propia sombra, veía como la gente pasaba rápido y miraba atrás para verla empequeñecer como Alicia. Más tarde, al darse cuenta de lo que hacia se reía. Siempre se rió de sus chiquilinadas, pero era feliz siendo una niña en cuerpo de mujer, con todo lo que eso representa.

Tratando de ignorar los gritos del vendedor ambulante y su linterna mágica que no lleva pilas, a las dos colegialas sentadas a su lado hablando sobre sexo sin protección y un potencial embarazo, a la joven universitaria rompiendo con su novio por teléfono mientras trata de no llegar tarde a su segundo trabajo, y a esas grandes señoras que cuchichean mientras la miran con sus aires de superioridad, revisa en su viejo bolso de cuero, entre libros y lentes que no la dejan cantar, su querido mp3 y esos grandes y tan llamativos (como diría su padre) auriculares. Se coloca los auriculares en la oreja, y sin prenderlo, juguetea con el aparato entre sus dedos. Empieza a sonar en su cabeza una canción de Claire Pichet y comienza a cantarla como soundtrack del viaje, mientras por la ventana ve la decadencia de la sociedad argentina (si se puede decir que todavía somos argentinos) y una calle en la que solo encuentra edificios desvencijados y un montón de gente que camina para atrás. Ya ni los pájaros cantan, y el bullicio dentro del autobús de vuelve más y más insoportable. Ya las colegialas no están, pero hay una pareja joven, peleando por quién ama más al otro. La joven que estaba adelante suyo llora en el teléfono, pidiendo que no la dejen, y prometiendo un tiempo que ella sabe que no va a poder encontrar. Un hombre a su lado la mira lascivamente y disimuladamente se hace el dormido para caerse sobre ella. Las grandes señoras ya no la miran, pero todavía las escucha hablar de un tiempo pasado que según ellas fue mejor, con valores formales y opulencia, gracias a que sus narices estaban tan altas que no podían ver la miseria que se gestaba frente a ellas, no muy lejos de sus familias. Al otro lado del colectivo, un anciano tose muy fuerte, se toma el pecho y mira con tristeza la ventana, recordando a un viejo amor. Una embarazada viaja en la primera fila, agobiada por el peso y el bullicio exterior.

Hundida en sus pensamientos vuelve a mirar por la ventana y ve un monumento lleno de palomas, bañado de blanco, una nieve veraniega. Vuelve a reír, y prende el mp3. Como por gracia divina el soundtrack de su vida empieza a sonar, abstrayéndola de todo ruido, de todo contacto con el mundo perdido del colectivo. Con una mano sobre su bolso, y otra sosteniendo su mentón, mirando por la ventana suspira y se dispone a recordar sueños rotos de algún viaje anterior. La música es la mejor amiga de las emociones, devolviéndonos miserias de una mañana que ya pasó.

Mirada perdida y zapatos de charol, baja la cabeza mirando sus rodillas, se busca en el espejo interior. Tantos sueños y la melancolía, es la historia de un soñador. Todo gira, todo crece a su alrededor, la vida en sí siempre cambia y ella lo sabe pero no quiere seguir. Esa lluvia ya no la moja y el sol nunca la quemó. Vuelve a reír y se indigna, no puede creer lo patético que debe ser verla. Es ahí cuando recuerda, esta viajando en un colectivo, y en algún momento del recorrido tenía que bajar. Con sus dos manos se golpea la cara, se repite a si misma “Ya basta de soñar”.

Mira por la ventana y reconoce el lugar, se despertó justo para poder bajar… Afortunadamente, llego temprano. Sus pies se mueven lentamente por Defensa, mientras sus ojos se iluminan al ver los puestos llenos de antigüedades. Camina una cuadra más y dobla a la derecha, llegando al café San Juan.

Tímidamente se sienta en una mesa junto a la ventana, mientras uno de los mozos le trae una pizarra con el menú del día. Le causa gracia el detalle pintoresco, ordena solamente un café y de lejos mira recortes de renombradas revistas con reseñas del cocinero. Y pasaban los minutos, el camarero llega con un café y dos masitas, el señor de la mesa de enfrente la mira con recelo mientras revuelve vigorosamente su café cortado. En ese preciso instante ella abre un sobrecito de azúcar, lo vierte sobre el pocillo y pasa el dedo por la mesa, para comerse el azúcar que cayó al abrirse.

Revuelve el café y se impacienta… Se acerca a una mesa a su lado y le pregunta a un señor de traje con aspecto de ocupado la hora, y este le dice 15.45, con un tímido gracias y una sonrisa, se vuelve a su lugar.

Con sus ojos grises mira el café, y como todo comienza a dar vueltas otra vez. Volvió a hurgar en aquel bolso en el que solo parecían caber los suspiros de una tarde de domingo, una caja de cigarrillos vacía y gafas grandes con las que no se puede cantar. Sacó un libro, que sostuvo entre sus manos como si fuese un collar de perlas y diamantes.

Lo colocó sobre la mesa de aquel bar, sacó un viejo pañuelo color rosado y lo puso al medio del libro, empujándolo hacia ese asiento vacío, de una compañía que jamás llegó.

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