Dispárame un último tiro, pues no sería el primero que reciba. Ni tampoco el último. Hazlo vamos, en el centro de las líneas rojas y azules. No es un tiro difícil, pero yo misma no puedo hacerlo. Soy asechada por los asesinos de muchachas.
Así que dices que me quieres, ¿sí? ¿Estáis absolutamente seguros? Entonces anda, un tiro certero, al centro de las líneas… Si las azules y blancas de las enciclopedias. Ahí mismo.
No, no soy digna de llamarlo por su nombre pues yo misma no poseo uno. No oses reírte en mi cara, si no lo hacéis vos, encontrare a otro caballero que lo haga. A uno de esos caballeros que asesinan muchachas con sus palabras, con sus cuerpos o con espadas. Un caballero igual al que me ha robado el corazón en aquel entonces, donde era simplemente una muchacha.
La codicia de los hombres, los asesinos de muchachas, gustan de esas que son blanco fácil, de aquellas que pasean invisibles en mundos siniestros, antagonistas de un Hamlet moderno donde la perfidia de su propia inocencia las consume, gracias a la codicia de todos los hombres.
“Las muñecas fueron hechas para jugar y tirarse.
Cuando estén rotas y torcidas por juegos violentos.”
O al menos eso escuche… De la boca de una de esas chicas, las muchachas cuya fe en este mundo se ha convertido en una botella llena de nada. O llena de todo, de toda esa ira, de todas esas palabras atoradas en la garganta. Aquellas que debiesen haber sido dichas, para todos esos asesinos de muchachas. De aquellos asesinos de muchachas de quienes hablo, me hayo rodeada. Los veo en los rincones oscuros, son los conductores del inconsciente colectivo, aquel que habita en la mente de todos los hombres, incluso de los más puros y lozanos, pues son esos los más peligrosos, ya que cualquiera puede ser una lolita. Pero de aquellos quienes más desconfió mi ‘noble’ señor, han de ser aquellos que son ‘dignos’ confianza, pues cuentan con el poder y las armas de obligarnos a tragar nuestras propias lágrimas con las mentiras que solo hunden, más y más, dentro de nuestro propio nivel de aguas. Las aguas que poco a poco asesinan a todas esas pobres muchachas, para las que la muerte es el más dulce anhelo.
Y os ruego me perdones, si os sentís ofendido por las palabras que digo. Pero creí que sabias como puedo ser cuando todo y todos en mi enemigo, los juegos que puedo jugar cuando quiero las cosas a mi manera, o lo difícil que puede ser confiar en mí cuando mi vida se vuelve un infierno. Espero que en el fondo lo comprendas, solo es la otra chica en mí.
Pero hoy no, no estoy para sentimentalismos,
¡Dispárame!
En el centro, ¡rápido! Si lo hacéis lo suficientemente rápido no lo dudarás. Y me dejareis libre de toda culpa, de todo martirio y depresión. Pero permíteme decir unas últimas palabras, esas que aun no pude decir, aquellas que dirijo a los asesinos de muchachas, esos hombres con tanto vigor.
He estado muerta por cientos de años, y he vivido solo dos o tres.
Me atrevo a decirle a usted noble señor, que mi vida fue apaga entre sus manos, en la clase de asesinatos donde nadie muere. Pero no supongo que lo comprenda hoy, pues la ley no lo encarcelará, el mundo no lo condenará… No hizo nada que ningún otro hombre no hubiese hecho. Y lo entiendo perfectamente… Pero déjeme recordarle el momento de mi muerte, quizá en este pedazo de papel añejo encuentre una perdida memoria, de esas que quedan en el inconsciente de todos esos hombres asesinos de muchachas.
Recuerdo bien aquella tarde, era otoño y llovía, es difícil olvidar el último día de una vida. Caminaba, y se acercó como una sombra, sin que lo haya oído. Ahogándome con un suspiro, y una soga al cuello. Aun lo recuerdo muy bien… Recuerdo su codiciosa sonrisa, el sonido del botón en el piso y por sobre todo el color de la sangre… La sangre cayendo por mis piernas, y allí sobrevino la oscuridad. La oscuridad que nubló el resto de mis días. Entre píldoras y sanguijuelas, piensa en tus noches más oscuras, en tu alma solitaria, en el amor que nunca viví y sí, puede sonar algo extraño, vivir una vida de este modo quizá es por eso que no se ven caras como la mía a diario. De cualquier modo debes de haberme olvidado, nadie nunca supo que hiciste de malo… Seguramente no me crees, nadie cree nada de lo que alguien dice entre paredes con almohadas. Pero quiero callar ahora, volver a mi sombra y borrar todo rastro de memoria, exijo mi ‘noble doctor’, otra ingesta de lágrimas, que contrarresten la sonrisa, una esquizofrénica sonrisa que dibujaron en mi cara. Escondiendo todo el tornado en mi cabeza.
Oh, acabas de recordar… ¿No es así? Resolviste el acertijo en mi historia, felicitaciones cariño. Ahora ve, y escríbelo en un legajo, publícalo si necesitas la gloria. Solo me gustaría que imagines esto…
Piensa en tus noches más oscuras, piensa en tu alma solitaria. Si puedes encontrar una señal, piensa en el amor que jamás irás a conocer. Y si… Es inusual, vivir la vida de este modo, pero todo lo que puedo decirle al respecto, es que quizá por eso no se ven caras como esta todos los días.
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