Una infancia vacía, donde rigió la manipulación y
el dolo; una niñez sin inocencia que legó autodestrucción a una pubertad
turbulenta. La estadía en los pabellones de la farmacológica felicidad, la
salida, la reinserción, un círculo vicioso que parece que nunca terminará. El
consumo indiscriminado de alcohol, como un intento de “desaparecer” una vez
más, la gente que se me perdió por el camino y hoy, con diecinueve años, siendo
(a pesar de todo y en una extraña vuelta de tuerca) aspirante a estudiante de
psicología.
Dudo mucho dejar de ser, naturalmente,
autodestructiva y/o suicida. Simplemente escribir, es el método más simple, más
efectivo, más sincero que tengo de mostrar mi visión del mundo. Y esta vez, es
un intento de comprender los porqués, el quid de la cuestión…
Pongámoslo así: No hay Sith, sin Jedi; Belleza
sin Fealdad; Bien sin Mal. La única manera de encauzar nuestras vidas a ese
equilibrio donde todo dentro nuestro convive de una forma “moderadamente
equilibrada” es sabiendo quienes somos dentro nuestro. Dentro de eso que somos,
que no tiene nombre pero sabemos que es todo, y ese todo somos nosotros mismos.
Eso que es bueno, también malo, y feo. Y quizá, tan solo quizá, esto suene un
poco más racional de lo que uno imagina que diría alguien que se postula de la
forma que lo hice antes, pero no quiere decir esto que yo haya cambiado mucho,
digamos que no diría que estoy menos “loca” (lo pongo entre comillas porque
nunca entendí realmente el significado de la palabra, pero podríamos decir que
soy más “sabia” de lo que fui en otros momentos). Además de que cuento con un
rechazo a la felicidad, y esto es algo instintivo diría (aunque tampoco estoy
muy segura de que significa “ser feliz”, supongo que es el equilibrio del que
hablé antes, que se me es imposible de lograr), con el paso del tiempo
desarrolle un mecanismo de auto-boicot increíble, y más allá de no querer ser
infeliz, no se me enseñó que me merecía algo mejor, y tampoco lo imaginé así…
Gracias un poco a mis acciones, y otro poco
esa culpa. La culpa colectiva en las desveladas noches del insomne, unos
pocos (o quizá unos pocos muchos). Esa culpa que deriva de las mínimas referencias
en los diarios, esas que postulan títulos como “Joven de dieciséis años se
suicida en su hogar de Recoleta”. Noticia a la cual todos atienden sorprendidos
de cómo una joven de tan solo dieciséis años, con el mundo a sus pies, llega a
un lugar como ese. ESE.
Sin siquiera imaginarse de que todos somos
culpables de su muerte. No sé por qué, si es por haberme plantado en
situaciones como esa (con diversos desenlaces está demás aclarar), que me
resulta extremadamente complicado separar al suicida de un mártir. ¿Quién puede
asegurarme de que ella no murió por motivo alguno, mas que salvar su alma? ¿Para
crear una conciencia? ¿Para imprimir una huella? ¿Cómo un último y desesperado
grito de ayuda para ella, y todos los suicidas-mártires en este mundo?
Y ahora decime, ¿Quién puede decirme que la culpa
de la muerte de todas y cada una de estas jovencitas que esta joven representa,
es solo de ellas mismas? ¿Sus familias? Seguramente entre llantos orarán un
discurso gastado y barato sobre lo inteligentes y buenas, lo lindas y llenas de
vida y concluyendo el discurso de cómo jamás de los jamases se hubiesen
imaginado que haría algo así. Y para concluir, 30 renglones en el diario de
hoy, que serán noticia vieja para el de mañana.
En mí, turbulenta y conflictuada pero eficiente,
cabeza, solo cabe una simple respuesta: esto solo pasa porque dejamos que pase,
porque no nos importa que pase, y me incluyo a veces. Quizá por encerrarme en
mi propia miseria, durante mucho tiempo me costó darme cuenta que no era la
única, caer de que no sos el ombligo del mundo. Yo creo, fehacientemente, que
el dolor más grande que puede afrontar un ser humano es sentirse solo en un
mundo de seis billones de personas. Todos vivimos esperando una conexión, desde
cualquier medio posible, todos necesitamos creer que hay alguien más como
nosotros en este mundo (si no, plántense cual es la revolución con la internet).
Y siempre hay alguien ahí. El problema radica cuando quienes deberían estarlo
no están, quienes desearíamos que estuviesen no están y lo único que nos han
enseñado de este mundo es lo violento, cruel y desalmado que puede ser el
género humano. Y solo así, poniéndose en ese lugar, esos zapatos, los de una
joven de dieciséis años que nos acercamos a comprender el por qué. Porque
nunca, vamos a saberlo con certeza, nos dio como ultimo regalo a este mundo, el
beneficio de la duda. Pero es así, justo ahí cuando reparamos en la idea de que
cualquiera pudo haber marcado la diferencia, con un simple gesto desinteresado,
una sonrisa o la más mínima muestra de solidaridad/amabilidad. Unas simples
palabras, de esas que repetimos a diario por compromiso, pudieron haber marcado
la diferencia si alguna vez nos hubiese importado.
Quién sea lea esto… ¿Cuántas veces en la última
semana realmente viste a la gente con la que viajaste en el colectivo/subte? ¿Cuántas
caras te acordás? ¿Cuántos gestos, expresiones o meras sensaciones? Estoy
segura de que no muchas, y aún más de que mucha gente no recuerde ninguna.
Y ¿qué pasaría si, de repente, caes en la idea de
que, esa chica, que se despojó de su vida alrededor de las cuatro y treinta,
viajaba con vos en el 60 a diario para ir a la escuela? ¿Te hubieses dado
cuenta antes?
Y entonces, ¿cómo podes estar seguro de no
cruzarte con cientos o miles de suicidas de dieciséis años a lo largo de tu
vida? ¿Cómo te darías cuenta de quién te escribe fue/es una de ellas, sin que
te lo hubiese dicho?
Todo en nuestra vida se reduce a una conexión,
una simple conexión. No importa cuánto dure, si son 6 horas, 20 años o 5
minutos, da lo mismo… Solo importa el simple hecho de saber (o darse cuenta,
quizá) que existe alguien más entre esos seis billones de personas. Seis
billones de seres humanos. Y solo necesitamos uno, uno al que realmente le
importe.
Incluso esta necesidad, que es común a todos y
cada uno de nosotros (y la carta clave para el póquer de la felicidad) es
increíblemente distinta en cada individuo. Eso que hace que seamos un pequeño
gran mundo, en una planeta con seis billones de grandes mundos.
Yo no espero nada escribiendo esto, solo es algo
que me surgió mientras hablaba con alguien (a quien realmente le importa) sobre
la extracción de sangre…
Lo que me recordó a muchas muñecas bañadas de
sangre, a cabezas con agujeros, caras desfiguradas, a cuerpos que gritan en
silencio por un salvamento que solo llega cuando todas las luces se apagan. De
amigos, de conocidos, desconocidos… Gente que admiro e incluso, mi propia
imagen en el espejo. Recordándome así, lo culpable que soy, fui y seré de haber
dejado morir a todas y cada una de esas jovencitas de tan solo dieciséis años.
1 internos .:
Me tranquiliza saber que hayas alcanzado este estado de "madurez" (le digo así a falta de una palabra mejor), parece que no erré cuando dije que últimamente te vi mejor que en el tiempo que nos conocemos, medida que equivale a una cuarta parte de nuestras vidas; poco puedo decir, la misma crudeza de siempre pero creo que más refinada, valga el oximoron, alejada de ese ejercicio de autoexpiación más cercano (pero no menos sincero y bello) a los lamentos de adolescentes que se deprimen por cosas que, conociendo las verdaderas medidas del horror, son inconvenientes a los cuales no vale la pena dedicarles más de un día o dos de recogimiento y tristeza.
Tambien es muy cierto y muy triste el cómo día a día nos cruzamos en el colectivo, en el tren, en la calle, a miles de rostros de otros seres humanos los cuales, parafraseando a Sabato, dejan de existir para nosotros en cuanto los perdemos de vista, incluso cabe la posibilidad de que nosotros no hayamos existido para ellos ni siquiera cuando los cruzamos; sentirse solo rodeado de tanta gente es sin duda una de las más perversas y sutiles formas que la ironia toma para burlarse de nosotros, o para enseñarnos, una vez más, que la vida no es ese cuento rosa que nos dijeron una vez, si es que lo hicieron. Yo sigo buscando, porque a pesar de tener saludables y agradables amistades que pude conservar y son signos de un cambio positivo, sigo sin tener a nadie con quien compartir ciertas inquietudes, dudas o intereses como quisiera (seguis siendo la única, al punto de que, hablando con un amigo sobre la valorización intelectual de las personas, te mencioné como la única a quien reconozco como igual o superior a mí). Por lo menos te tengo a vos, lejos pero igual estas, y de nuevo, me tranquiliza saber que hayas podido avanzar sobre eso, me hace pensar que todo lo que pasamos, de alguna extraña manera, valió la pena. Y más importante, después de todo tuve razón en no perder la certeza de que, en algun momento y algun lugar, lejos o cerca, está ese alguien que necesitamos, por el que andamos sin buscarlo pero sabiendo que andamos para encontrarlo. Te quiero mucho, seguí así.
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